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Islam

ALLAH

 

   Cada lengua tiene su especificidad, que configura y a la vez expresa un modo de situarse en la existencia, de percibir la realidad, de vivirla y relacionarse con ella. El árabe no es una excepción pero su diferencia ha sido escamoteada en las gramáticas convencionales que nos ofrecen una distorsión de la que deriva la dificultad de los estudiantes occidentales para moverse con naturalidad en un idioma que les es presentado como una simple variante a la que es posible tener acceso con el estudio de unas cuantas reglas. Las gramáticas comparadas han simplificado la cuestión hasta tal punto que reestructuran el árabe de acuerdo a una mentalidad que le es ajena e imposibilitan, por tanto, su verdadera comprensión. Para conocer el Islam es necesario partir de un sondeo inteligente de lo que es capaz de expresar la lengua que le sirve de soporte, y que es, fundamentalmente, el árabe.

   Un profesor tunecino, Moncef Chelli, ha escrito el primer trabajo importante en este sentido (La parole arabe, ed. Sindbad, París, 1982). Si bien sus desarrollos son cuestionables en algunos puntos, parte de intuiciones muy valiosas. En su libro, Moncef Chelli denuncia la labor de etnólogos y arabistas, los cuales han sorteado la cuestión de las especificidades del árabe ‘traduciendo’ textos sin cuestionarse las concomitancias de cada término, tan diferentes en cada lengua, y más cuando pertenecen a mundos lingüísticos diferentes y a sensibilidades peculiares. Puesto que tiene vigencia el tópico referente a la supuesta ‘poca originalidad’ del Islam, éste es presentado como perfectamente comprensible para una mentalidad judeo-cristiana. Pero la realidad es muy distinta, y el Islam será un gran desconocido si no hay un replanteamiento que lo sitúe en sus auténticas coordenadas. Lo lamentable es que ya existe un corpus tan grande que su ‘peso’ parece como si fuera un argumento irrebatible. Todo el mundo ha aceptado esas ‘traducciones’, y occidentales y musulmanes las emplean sin proponerse la menor crítica. Ello ha dado existencia a un ‘Islam’ producto de las investigaciones de los arabistas, sobre el que se habla y al que se le hace interlocutor, pero que no existe objetivamente. Pero el principal problema es que, con el uso y la aceptación, acabe superponiéndose  al Islam tradicional, cosa que parece estar sucediendo entre las capas sociales más porosas ante la influencia occidental y, sobretodo, en el ‘Islam oficial’, el que se enseña en las escuelas y se predica por las televisiones. El Islam de los arabistas se está difundiendo ante la falta de respuesta y el desarraigo de los musulmanes.

   Cada lengua tiene su propia historia en la que el valor de las palabras se va fijando a lo largo de experiencias y reflexiones. Pero más allá de la historia, tienen su propia estructura interna, anterior a su devenir. Esa estructura es lo verdaderamente determinante en cada una de ellas y es soporte de las evoluciones posteriores. Es relativamente fácil hacer la cronología de los cambios semánticos pero es difícil abordar lo que germinó de la inconsciencia hasta convertirse en un modo de expresar la realidad. Sin embargo ahí hay claves fundamentales. Sirva todo esto de introducción a las puntualizaciones que haremos a continuación sobre la palabra central del Islam: ALLÂH.

   De manera acertada, Louis Massignon afirmó que los términos fundamentales de la cultura musulmana son ambivalentes, y Jean-Paul Charnay explica que esa ambigüedad “no puede ser considerada a priori como una arcaísmo lógico, una carencia resultado de un insuficiente esfuerzo de disociación, sino que, al contrario, supone la condensación, por una especie de repliegue sobre el centro, de la multiplicidad de los posibles y de su aparición simultanea o diacrónica” (J-P Charnay, L’ambivalence dans la culture arabe, Anthropos, París, 1967). Para comprender esto debemos saber que, en árabe, las palabras no tienen una significación ‘fija’, sino que fluyen en el seno de combinatorias que las matizan. Expresan ideas en las que participan muchos elementos psicológicos, y por ello los diccionarios están ordenados por raíces dentro de cada una de las cuales se mueve la palabra que nos interesa. Cuando el estudiante va directamente al término que busca y desatiende el resto de explicaciones pierde la oportunidad de conocer el universo en el que la palabra tiene correspondencias. Pero esto está lejos de las mentalidades indoeuropeas donde cada palabra es independiente y tiene una significación clara. Además, en árabe, las raíces están interconectadas siendo la lengua un todo en el que las partes se reenvían mutuamente de modo que el conjunto está integrado. La estructura interior del idioma se asemeja al arte musulmán, geométrico y armonioso, del que no se puede apartar ningún elemento sin perturbar y dislocar la obra.

   Eso sucede con todas las palabras, pero en especial con ALLAH, verdadero corazón de la lengua árabe y en sí misma la más ambigua e indefinida según reconocen los propios gramáticos musulmanes, incapaces de ponerse de acuerdo sobre su condición de palabra derivada de una raíz o plenamente independiente de la combinatoria que rige a la lengua. Se le llama Ism al-Yalâla, el Nombre de la Majestad. La palabra ALLAH es traducida como Dios, concepto demasiado fijo e insuficiente como para dar idea del verdadero alcance y de las concomitancias de un Nombre en el que hay infinitas insinuaciones y todo un desafío para el musulmán.

   Lo primero que debiera llamarnos la atención es la coincidencia de los musulmanes a la hora de sentir como ‘fría’ la palabra Dios frente al calor que desprende ALLAH. Aunque utilicen el término ‘Dios’ cuando hablan en castellano, interiormente se sienten insatisfechos porque intuyen que no vierten correctamente las emociones que ALLAH desencadena en ellos. Creen que al menos comunican algo y se contentan con suponer que existe una equivalencia y se desentienden de sus propias intuiciones. Les resulta frustrante el no poder dar cuenta de todo lo que despierta en ellos la palabra ALLAH pero lo achacan a un desajuste entre culturas. Pero hay algo más, y es que cada una de las palabras explica la existencia de una manera distinta. Allah es integrador de la realidad mientras que Dios es una supuesta explicación de la realidad. Esto es esencial para lo que queremos decir en este artículo.

   Por su misma sonoridad, la palabra ALLAH es tremendamente sugerente. Su pronunciación sale de las entrañas y eclosiona en la boca del que la articula correctamente. Es más un suspiro que una palabra, por ello el musulmán es capaz de modularla de mil maneras distintas consiguiendo ritmos que la convierten en letra suficiente para sus cantos y para sus invocaciones en la soledad. ALLAH es pura emoción, es un sentir indefinido pero rico e iluminador en lo más profundo del ser. Expresa, por tanto, ‘lo más hondo’, para el que no hay más palabras que el suspiro.

   ALLAH es un Nombre que se emplea para provocar el Recuerdo. Es la palabra esencial en el Dzikr porque va acompañada de reminiscencias que desatan nudos con los que el hombre se ha ido complicando. ALLAH remueve los cimientos del musulmán y lo enfrenta a la absoluta desnudez en la que está la Verdad. ALLAH evoca ese desierto en el que el hombre se reencuentra con lo más auténtico, con lo anterior a todo, lo precedente y lo posterior a la vida, lo que estructura cada realidad.

   Por su parte ‘Dios’ es un concepto religioso y teológico, designa algo concreto sobre lo que  es posible estar de acuerdo o en desacuerdo. En el Islam no existe el ‘ateísmo’ porque ALLAH es ‘vivido’, no ‘creído’. ALLAH es vivido en la naturalidad del que siente. Sentir es sentir a ALLAH. Aquí hay sutiles diferencias que marcan rupturas en la apreciación de la esencia de las cosas.

   Se comete un grave error cuando se identifican ALLAH y Dios como si designaran un mismo objeto, pero ni ALLAH ni Dios son objetos, por lo que son más importantes las emociones que rodean esas palabras-claves. Son esas sensaciones las que nos explican ‘qué son’ ALLAH y Dios y es entonces cuando resulta que hay distancias sustanciales. Nada describe mejor a Allah que la actitud del musulmán rindiéndose por completo ante Él durante sus recogimientos. Mientras que el cristiano lo hace objeto de un discurso y le reza, el musulmán simplemente se sumerge en el Océano Infinito que le insinúa la palabra ALLAH y ahí descubre a su Señor, a su Creador, a su Único Rey.

   En un sentido estricto, ALLAH y Dios son excluyentes entre si. No deben confundirnos las coincidencias. Tanto el cristianismo como el Islam hunden sus raíces en un modo semita de expresar la espiritualidad, pero el cristianismo renunció pronto a sus orígenes. Mantuvo un lenguaje y unos relatos, pero los insertó, creando conflictos, en una mentalidad distinta a la de sus principios. Al helenizarse y después latinizarse, el cristianismo, para amoldarse a los poderes vigentes a los que se sometió y posteriormente para instaurar su propio poder, se despojó de las grandes intuiciones que estaban en sus orígenes y las convirtió en creencias. Se privó a los cristianos de sus propias fuentes y la fe se convirtió en un mecanismo de control y dominio. En el Islam no ha sucedido nada de ello y por eso es fresco en la universalidad de un presentimiento no convertido en dogma.

   El cristianismo inventó un nuevo ídolo (más sofisticado y estilizado, pero nada más) mientras que el Islam sigue dando a los musulmanes el espaldarazo a la intuición primigenia del ser humano, a su espiritualidad más genuina. El Islam es anti idolátrico en su definición misma y enfrenta a cada hombre con la inmensidad que sondea en sus suspiros. A cada musulmán le propone como reto el Tawhîd, la profundización precisamente en el carácter insondable de su Señor Verdadero.

   El Islam no es teísta, ni deísta, ni panteísta, ni monoteísta, ni ateo ni nada de ello. Debiéramos huir de esas definiciones que no enmarcan nuestro sentido de la trascendencia sino que son la terminología adecuada para un conflicto que no es el nuestro. Preferimos dejar siempre en árabe la palabra ALLAH, posibilitando un progreso en su entendimiento. Aceptar Dios como su versión en castellano imposibilita ese avance al dar una noción definitiva que pertenece a un ámbito espiritual distinto del Islam. No hay en ello desconsideración alguna sino la simple sugerencia de unas profundidades que intuimos en los musulmanes cuyo equivalente no encontramos entre los cristianos y se debe a que adivinan más cosas, entienden algo más insondable, más allá de formas, imágenes y conceptos.

 

 bísmil-lâh

Con el Nombre de Allah

          Bísmil-lâh es la frase con la que empieza el Corán, y quiere decir “Con el Nombre de Allah”. Allah es la Verdad Creadora: es el Secreto que hace posible la existencia, llamándosele entonces Rahmân, y es también el que la mantiene enriqueciéndola y atrayéndola hacia Sí, y se le llama entonces Rahîm. Por ello, la frase completa es Bísmil-lâhi r-Rahmâni r-rahîm. Todo musulmán la repite antes de empezar cualquier acto de relevancia, y significa que pone a Allah por delante de sus acciones, entregándose a su dinamismo, sumergiéndose en su Recuerdo: Allah es el Realizador Eficaz en quien está el origen y el destino de los seres y los fenómenos. Con la repetición de esta fórmula, a la que se llama Básmala, el musulmán se abandona a su Señor Interior, al que lo hace ser, y fluye con su movimiento. También significa que se adhiere a Él, que lo reconoce como Único Rey de su existencia, abandonando los ídolos, las ilusiones y los fantasmas que atormentan la vida del hombre con falsas espectativas.

 

   El Nombre de Allah encabeza todo lo bueno y noble, todo lo fértil y prometedor. Es el comienzo sabio que inaugura aquello de lo que se espera que prospere y redunde en bienes para el que inicia un acto. Por eso, nosotros también comenzamos este libro principiándolo ‘Con el Nombre de Allah’, Bísmil-lâh.

   ¡Vida mía! has de saber que esta expresión -Bismil-lâh- tiene copiosos significados y abundantes bendiciones, y es, a la vez, el estandarte del Islam y el sonido de todas las criaturas, que la pronuncian con las lenguas que les son propias y naturales.

   Si quieres alcanzar la comprensión de la fuerza abrumadora que hay en Bísmil-lâh, si deseas conocer su energía transformadora, la riqueza de sus significaciones y sus valores propiciadores, si aspiras a desentrañar sus misterios y sus cualidades, escucha con atención este discurso:

   El beduino que recorre silenciosos desiertos, el peregrino que vagabundea por siniestros páramos, el viajero que deambula por parajes solitarios, el caminante entre ásperos barrancos que escala altas montañas pedregosas, todos ellos han de pertenecer a una tribu poderosa para que el prestigio del jefe de su clan los proteja frente a los asalteadores de caminos. Quien se arriesga por senderos frecuentados por bandidos necesita ser reconocido como miembro de un pueblo fuerte y celoso de los suyos. De otro modo, estará sólo y abandonado a sus propios recursos, siempre escasos ante las hordas de ladrones y asesinos emboscados, y con sus mercancías expuestas al robo y el saqueo. Estará sumido y agotado en un constante miedo, receloso, siempre alerta, atento a los ruidos, sospechando de todo y de todos, con el corazón permanentemente agitado y el ánimo afligido entre fantasmas y espejismos.

   Así, dos de estos beduinos, cargados con sus pertenencias, iniciaron un largo viaje por un apartado desierto. Uno de ellos tenía la mente clara, mientras que el otro estaba confundido por la soberbia. El primero, el de corazón puro, no tenía reparos en anunciar y proclamar en todas partes el nombre del anciano de su tribu, pero el segundo, en su arrogancia, lo callaba y se presentaba sólo a sí mismo, creyendo que sus músculos y sus tretas eran suficientes para infundir temor en medio de la desolación de los páramos.

   En todos los campamentos que jalonaban el inhóspito camino, el primero de los dos beduinos era recibido con veneración y acogido con exquisita hospitalidad, pues el sólo nombre del jefe de su tribu despertaba admiración y era respetado. Cuando topaba con bandoleros, gritaba bien alto el nombre de su tribu, y al instante los paralizaba y los aturdía, y le era facilitado el camino, pues los truhanes temían la violenta venganza del señor de su clan. Por su parte, el otro viajero encontró únicamente calamidades y desafectos, y se vió forzado a mendigar la gracia de sus enemigos en medio del desdén que le mostraban: he aquí que su orgullo fue humillado constantemente, y el apego a sí mismo se tornó menosprecio y desesperación.

   ¡Vida mía! has de saber que tú eres ese beduino y que este mundo en el que habitas es ese desierto sobrecogedor. Tu pobreza y tu necesidad no tienen límites, del mismo modo en que tus enemigos y sus acechanzas son infinitos. Siendo así, corona tu cabeza con el nombre del Rey Verdadero para evitarte los miedos y la estrechez. No seas pordiosera en un universo esteril y aférrate al Señor de los Mundos. Proclama el nombre de tu Soberano, y ante tí se agachará humildemente la creación entera, y los bandidos se convertirán en amigos y anfitriones.

   Sí. Esta palabra perfumada, Bísmil-lâh, es un inmenso tesoro que no se agota nunca. Sus propiedades son mágicas: Bísmil-lâh liga tu impotencia a la Misericordia que fluye por cuanto existe, y sumerge tu escasez en la Abundancia de la que brotan todos los seres, anula tu precariedad en el Poder del que surge todo, hace que tus fronteras se desvanezcan en el Absoluto Eterno que abarca y sostiene, sin rozarlos tan siquiera, los cielos y la tierra. Cuando abandones la estupidez de tu ignorancia y la torpeza de tu inmadurez y descubras lo inseguro de tus recursos y lo ilusorio de tus previsiones, cuando despiertes del sueño de tus seguridades y certezas, cuando se deshagan en el vacío del tiempo tus expectativas y tus premoniciones, entonces aferrate a la fuerza de Bísmil-lâh para que haga esfumarse los límites de tu penuria en la Grandeza del Inmenso. Bísmil-lâh es el tónico en el que se diluye lo insuficiente y lo transforma en oro puro y hace del desierto un jardín fecundo.

   Quien se mueve, quien se acuesta y despierta, con Bísmil-lâh en la boca es poseedor de un eficaz talismán que lo protege, un potente amuleto que proporciona calma y lo enfrenta con resolución a todos los terrores, y los desmantela como el viento deshace el humo y lo difumina en la nada. Con Bísmil-Lâh es igual que si estuviera diciendo: “Mi Señor es Allah-Uno, bajo cuyo Dominio están los cielos y la tierra, y cuantos pueblan esos espacios desmesurados. Por mí y por todo lo que existe fluye su Poder inexpugnable porque Él es el Elixir de la vida, la Razón de cada instante. Ése es Allah, mi Señor, mi Dueño, la Fuente de mi paz”. Ante ese bastión irreductible y ese sosiego imperturbable, las quimeras se rinden y hunden la cabeza en el polvo de su insignificancia, porque esas palabras luminosas dejan entrever lo verdadero, y ante lo verdadero lo falso se esfuma y se extingue para siempre. Bísmil-lâh es la lumbre que hace resplandecer el mundo fulminando los ídolos que atormentan al hombre con su mentira, es una cuchilla que rasga el velo para que a través de él llegue al corazón el estímulo de Allah Inmenso.

   Bísmil-lâh es la palabra que pronuncia, con la lengua que le es propia, cada criatura en el universo, cada molécula y cada galaxia. Y es así porque Bísmil-lâh es más que una frase: es un sordo sonido existenciador, un hechizo propiciador que sintoniza con la quintaesencia más profunda de cada cosa. Allah, en tanto que es la Verdad, está presente en todo lo real. Su Nombre, es decir, su Secreto y su Acción, es el bebedizo sutil que reviste de consistencia a cada ser, a cada movimiento y a cada fenómeno. Él es el imperativo que pone en marcha cada movimiento. Sin Él, todo carece de fundamento. Él es el Fundamento, la base sobre la que se sostiene la existencia más leve y la existencia más extraordinaria. El átomo y la estrella tienen en Allah el Ser: Allah es su soporte, su sustento, su eficacia y su destino.

   Cada criatura cumple su cometido teniendo ‘Con el Nombre de Allah’ en la boca, su corazón. Es como si Bísmil-lâh estuviera grabado en la frente espiritual de todo ser, en el Libro de sus latencias, y le hiciera dar de sí lo mejor. Las semillas tienen signado Bismil-lâh en su pulpa, y por eso se convierten en árboles. Y cuando el árbol enuncia su Bísmil-lâh se hincha de frutos. Y con Bísmil-lâh el fruto se hace dulce al paladar. Esa prosperidad está contenida en las alacenas de la Rahma  (Misericordia), y se desborda de ellas en cuanto se pone en movimiento el Nombre Creador, el Secreto Indescifrable, el Misterio Insondable, la Capacidad Inagotable y la Sabiduría Prudente. El Nombre de Allah es el revulsivo que estalla sacando de la oscuridad de la nada la luz irrepetible de la vida y la exuberancia. Con su Nombre emergen las realidades y con su Riqueza se diversifican infinitamente hasta dejar exhausta la inteligencia de quien quisiera abarcarlas.

   El que aguza el oído escucha el rumor de Bísmil-lâh en el esplendor de los huertos, en sus colores y en sus flores. Allah está ahí presente bajo la manifestación de sus Nombres el Misericordioso, el Poderoso, el Creador, el Enriquecedor,… El jardín dice Bísmil-lâh y se convierte en esplendor y despliegue gozoso de su Señor Interior, del misterioso resorte que lo empuja a ser abundante y generoso.

   Y los animales en sus establos, dicen Bísmil-lâh y ofrecen al hombre su leche nutritiva y sabrosa. ¿De dónde viene, si no, todo lo que favorece la vida, lo que la aumenta, lo que la enriquece y bendice? Todo viene del Misterio, de la fuerza del Nombre que proclama la creación y transforma el desierto en frondoso bosque de verdor intenso y palpitante. Las raíces sedosas de cada planta dicen Bísmil-lâh y quiebran las piedras más sólidas que les impiden salir a la luz del día, porque todo busca a Allah, busca realizar la plenitud que Él ha depositado en sus adentros, y nada se lo puede impedir.

   Sí. El despliegue de las ramas por el espacio azul del cielo, la bifurcación de las raíces a través de las rocas y por el seno de la tierra donde están almacenados sus alimentos, y también las hojas que recogen de los rayos del sol su aire para ser acuosas y verdes, todo ello habla del Secreto, del Nombre bien guardado. Es como si esa eclosión de la vida dijera con su lengua natural: “Nada se resiste a la voluntad de Allah. Ni la piedra más sólida, ni el ardor del fuego, ni los obstáculos invencibles, ni los enemigos más contumaces, se oponen a que el Misterio se despliegue y manifieste su riqueza sin fin”.

   Y al igual que las cosas, las pequeñas y las grandes, dicen lo que significa Bísmil-lâh, y toman lo que Allah les ofrece y obsequian aquello que Allah ha depositado en ellas, de igual manera nosotros decimos Bísmil-lâh, y cogemos y damos, recibimos sus dones y proporcionamos lo que Él ha guardado en nuestra intimidad, en lo más hondo de nuestro ser.

   Pero, ¿qué significa ‘decir’ Bísmil-lâh? Significa vivir, expresar con contundencia, exteriorizar todo aquello que es en potencia, hacer real lo posible. Los seres humanos, además, alzamos esa realidad hasta la conciencia al pronunciar las palabras Bísmil-lâh. Por ello, Bísmil-lâh es Dzikr, es Recuerdo. Con ellas rememoramos el Secreto, lo actualizamos en nuestra cotidianidad, lo activamos y lo intensificamos, le damos forma, lo hacemos visible. Y con ello pasamos a un segundo grado, que es el Fikr, la reflexión, y acabamos con un tercer paso, que es el Shukr, la gratitud.

         Dzikr, Fikr y Shukr se suceden en el ser humano hasta alzarlo al trono del califato: evoca a su verdadero Señor, piensa en Él y lleva la frente al suelo ante Allah. Ante él se presenta la Majestuosa Inmensidad, entra en Ella y se funde en lo insondable. Estos son los tres escalones designados como Dzikr, Fikr y Shukr. El Nombre de Allah es el pilar del primer momento, luego la mente se abisma en Él y acaba diciendo al-hámdu lil-lâh, Alabanza a Allah: “Suya es la riqueza, en Él está la inmensidad, la sobreabundancia, Él es el Secreto del Ser que se manifiesta de mil maneras, Él es la Verdad que rebosa y da de sí”. Y en esa grandeza, el corazón humano pierde sus límites, supera sus obstáculos y se expande con lo infinito

EL ISLAM

 

   Islâm es el nombre con el que se conoce al Mensaje Revelado (Dîn) que trasmitió Muhammad (s.a.s.). El Islam es un Dîn, un Mensaje Revelado y una Senda sobre la que el ser humano redescubre a su Creador y se orienta hacia Él. El Islam, lo que significa y representa, es el Dîn por antonomasia, la Senda, y sólo metafóricamente se da el nombre de dîn a cualquier otro sistema espiritual o religión. El Islam, en tanto que rendición incondicionada al Creador, es el Dîn de Allah (Dîn-u-llâh), es decir, la manera de vivir y de situarse en el mundo que le satisface, pues ha sido revelada por Él mismo y es conforme a su Verdad (es Dîn al-Haqq). Dîn e Islâm son, por un lado y antes que nada, sinónimos; por otro, Dîn tiene un sentido ancestral e Islâm se aplica entonces a la forma que adopta bajo la predicación de Muhammad (s.a.s.); en este sentido, Islâm es la recuperación del Dîn por parte del Último Mensajero. Esta denominación para el Dîn, la de Islâm, no fue elegida por el Profeta (s.a.s.), sino que forma parte de la Revelación. Allah dice en el Corán: “Me complace el Islam para vosotros como Dîn”.

   En principio, la palabra Islâm deriva de la raíz s-l-m, que contiene varias ideas. Primero, la idea de salud (estar libre de enfermedades de cualquier tipo tanto externas y físicas como internas y espirituales). Segundo, la idea de paz (ausencia de conflicto, bienestar, sosiego). Tercero, la idea de obediencia (rendición, claudicación), que significa sintonía con el Imperativo que rige la existencia.

   Esos conceptos iniciales adquieren con la Revelación unos matices especiales. De modo general, Islâm significa declarar la Unidad-Unicidad del Creador de todo lo que existe (Allah) sometiéndole todo el ser con sinceridad y autenticidad, manifestándolo con la aceptación de la enseñanza de su Mensajero (s.a.s.).

   En el Corán, Islâm aparece como antónimo de Shirk, asociación, idolatría, politeísmo, es decir, concebir que algo o alguien comparte alguna de las características exclusivas de Allah: Diles: ¿Adoptaré a parte de Allah algún aliado? Él es el Creador de los cielos y de la tierra, y alimenta y no es alimentado. Diles: Se me ha ordenado ser el primero en sometérsele y ‘no seas de los que le asocian algo’…”.

   El Corán también presenta Islâm como opuesto a Kufr, rechazo, ingratitud, es decir, la negación de Allah, ya sea por ignorancia o rebeldía: (Allah) no os ordena tomar a los ángeles y a los profetas como señores. ¿Os ordenaría el Kufr después de haberos hecho musulmanes?”.

   En otras ocasiones, Islâm aparece en el Corán con el significado de sinceridad, autenticidad y pureza en la intención de afrontar a Allah y aceptarlo como único Señor: “¿Quién sigue un mejor Dîn que quien rinde (áslama) su rostro ante Allah y es excelente?”.

   Otras veces, es sinónimo de sumisión y obediencia a Allah: Volveos hacia vuestro Señor y claudicad (aslimû) ante Él”.

   El verbo áslama-yúslim (rendirse a Allah, ser musulmán) es aplicado a veces en el Corán a todas las criaturas, ya sean o no formalmente musulmanas, y es porque todos los seres están sometidos en la raíz de su esencia al Imperativo creador de Allah, lo acepten o no lo acepten: “¿Vais a seguir un Dîn que no sea el de Allah? A Él se han rendido (áslama) quienes están en los cielos y en la tierra, voluntariamente o a la fuerza. Y a Él volveréis”.

   Ahora bien, por lo general, el Corán aplica el verbo áslama-yúslim más específicamente a quienes se le rinden voluntariamente, y entonces llama musulmanes (muslimûn) a todos los profetas de la humanidad y a sus seguidores. Según el Corán, Noh ( Noé) dijo: “Y se me ha ordenado ser de los musulmanes. Allah dice de Abraham en el Corán: Y lo elegí en el mundo y junto a Mí para que fuera de los rectos. Cuando su Señor le dijo: ‘¡Claudica (áslim)!”, respondió: ‘Me rindo al Señor de los Mundos’…”. Y el profeta Yusuf (José) dijo dirigiéndose a Allah: “Tú eres mi Aliado en este mundo y junto a Ti. Permíteme morir como musulmán y hazme alcanzar a los justos”. Musa (Moisés) dijo a su pueblo: “Oh, pueblo mío, si estáis abiertos de corazón a Allah, confiad en Él, si es que sois musulmanes. El Corán dice de Aisa ( Jesús ): “Cuando presintió en ellos (una tendencia) al Kufr, les dijo: ‘¿Quiénes de vosotros seréis mis Compañeros hacia Allah?’. Los apóstoles le dijeron: ‘Hemos abierto nuestros corazones a Allah. Da fe de que somos musulmanes’…”.

   Es decir, todos los seres son musulmanes en su raíz, pero son plenamente musulmanes los que, al conocerse a sí mismos, reconocen y realizan también en el plano de la conciencia su sujeción a quien los ha creado y recrea en cada instante.

   Tras todos los profetas de la humanidad, Allah envió a su Mensajero Muhammad (s.a.s.) con la Ley que completaba todos los mensajes anteriores, y por ello Allah le dijo en el Corán: Te hemos revelado lo que les revelamos a Noé y a los profetas que vinieron tras él, lo que revelamos a Ibrahim, a Ismail, a Isaac, a Yacub, a las tribus, a Aisa, a Job, a Jonás, a Harun, a Sulayman, y a Daud a quien di los Salmos”.

   De lo anterior deducimos que la Revelación hecha a la humanidad desde sus comienzos es un mismo Dîn, una Senda que tiene como fundamento el Tawhîd, que es, por un lado, la Unidad y Unicidad del Creador, y que consiste, por otro lado, en la absoluta e incondicionada claudicación a Él. Eso es Dîn al-Haqq, la Senda de la Verdad, el Dîn-u-llâh, el Dîn de Allah; ahora bien, existen muchas manifestaciones de espiritualidad y sentidos de la trascendencia incluso opuestos, y todo ello son sendas hacia Allah (adyân, plural de dîn). Es decir, el Dîn es uno, es la sensibilidad espiritual, y tiene su origen en Allah mismo, en la Verdad Creadora, pero en cada caso -en los individuos, en los pueblos, en las naciones- ha sufrido evoluciones históricas que determinan grandes diferencias que las convierten en religiones. El Islam es la recuperación del sentido original del Dîn, es el Dîn por antonomasia, lo es en la autenticidad de la emoción espiritual original; las demás sendas (adyân) coinciden con el Islam en su detonante pero se diferencian en su evolución. El Corán habla de este tema. Veamos lo que dice.

   En primer lugar, el Corán confirma que el mensaje inicial de todos los profetas es el Tawhîd, la Unidad y Unicidad de Allah. El sentido de la Verdad anterior a todas las cosas, Creadora de todas las cosas, Rectora de todas las realidades, es la intuición que está en el comienzo de las inquietudes espirituales del ser humano. Los profetas, sin excepción, han venido a reafirmar esa intuición, y así el Corán dice a Muhammad (s.a.s.): “No he enviado a ningún profeta antes de ti al que no hubiera revelado: ‘No hay más verdad que Yo. ¡Reconocedme!”.

   Ese sentido radical de la Unidad pura de Allah (el Tawhîd) y sus graves exigencias se perdían con el tiempo, y de ahí que se sucedieran a lo largo de la historia profetas y mensajeros que renovaban su espíritu. También la misión de Muhammad (s.a.s.) consistía en un Recordatorio de lo mismo: “Diles: ‘Oh, gentes del Libro (judíos y cristianos), acudid a una palabra en la que estamos de acuerdo, que no reconozcamos como Señor más que a Allah y no le asociemos nada, y que unos de nosotros no tomen a otros como señores al margen de Allah’. Si vuelven la espalda, decidles: ‘Dad fe de que nosotros somos musulmanes’…”.

   De lo anterior se deduce que la función principal de todos los profetas era comunicar a la humanidad una enseñanza básica, la de que la creación no tiene más que un Señor, y es su Creador, Allah Señor de los Mundos. Esto es el Tawhîd, y todo lo que vaya en contra de esta base universal y clara es un añadido ilegítimo a las enseñanzas de los profetas.

   El Dîn es uno, la Senda hacia Allah es la de la rendición a su Verdad. Pero los hombres le han buscado sustitutos, a los que han dado también el nombre de dîn (los adyân, en plural). Las religiones, sistemas espirituales, jerarquías sagradas, etc., han surgido a lo largo del tiempo como resultado de celos, rencores, enemistades e intereses (todo a lo cual se le llama en árabe bagy). El Corán lo denuncia: El Dîn junto a Allah es la Rendición a Él (el Islam). Aquellos a los que les fue dado el Libro disputaron -tras que le llegara la Ciencia- por imponerse unos a otros (por bagy). Quien niega los Signos de Allah,… Allah no tarda en pedirles cuentas. Si buscan polemizar contigo, diles: ‘Yo he rendido mi ser a Allah, y así lo han hecho quienes me siguen’. Y diles a los que les ha sido dado el Libro: ‘¿Sois musulmanes?’. Si lo son, están sobre el buen camino. Si vuelven la espalda, has de saber que tú sólo eres un comunicador. Allah ve a los hombres”.

   El Dîn es uno, y no es legítima ninguna disputa en torno a él, porque pertenece a Allah, y Él es Uno, nítido. Pero las divergencias de opinión (el jilâf o ijtilâf) surgió entre los seguidores de los profetas. Se crearon grupos y entre ellos se desató la discordia. El Islam consiste en la recuperación de lo que se olvidó en medio de las disensiones y las polémicas. El Corán dice: “Allah ha establecido para vosotros lo que legó a Noé, lo que te ha sido revelado a ti (Muhammad), y lo que fue legado a Abraham, a Moisés, a Jesús: erigid el recogimiento ante Allah y no os dividáis. Para los idólatras es grave aquello a lo que les invitáis, pero Allah elige y atrae hacia Sí a quien quiere, guía hasta Él a quien se vuelve. (Los que os precedieron) se dividieron tras haberles sido comunicada la Ciencia intentando imponerse unos a otros (bagy). Si no fuera por una Decisión de tu Señor anterior que determina el momento de su extinción Él habría decidido entre ellos. Y los que vinieron después de ellos heredando el Libro se debaten entre dudas…”. En este texto coránico se nos dice que Allah ha ordenado a la Nación de Muhammad la Ley que impuso a Noh, a Ibrahim, a Musa, a Isa, y entre las bases de esa Ley se cuenta como la más importante el Tawhîd, la Unidad de Allah, y junto a ella la Rectitud (Istiqâma). Esto es en lo que coinciden todas las revelaciones. Los aspectos formales son derivaciones sujetas a las necesidades de los hombres, y el Corán mismo lo sentencia cuando dice: “Para cada (nación) establecimos una ley particular y un método. Lo esencial, por tanto, son el Tawhîd y la Rectitud (Istiqâma). Esos son los ejes sustanciales del Dîn. El Dîn, junto a los aspectos particulares de las enseñanzas de Muhammad (s.a.s.) constituyen el Islâm en el segundo sentido de este término, tal como lo hemos visto a la cabeza de este artículo.

   Un detalle a tener en cuenta en el texto coránico citado es cuando dice: Y los que vinieron después de ellos heredando el Libro se debaten entre dudas. Efectivamente, y es evidente, las disputas surgidas en el seno de las grandes tradiciones espirituales de la humanidad han creado situaciones de desencanto e incertidumbre entre sus seguidores. Esa ‘duda’ es el indicio de la intervención humana en el devenir del Mensaje inicial. Contra esa duda, el Corán nos invita a un constante retorno a la fuente: “Por ello, invoca a Allah y sé recto tal como te ha sido ordenado y no sigas sus frivolidades, y diles: Me he abierto de corazón a lo que Allah ha revelado como su Libro y se me ha impuesto ser justo hacia entre vosotros. Allah es nuestro Señor y vuestro señor. Nuestras son nuestras acciones y vuestras las vuestras. No haya rivalidades entre nosotros. Allah nos juntará. Hacia Él es el devenir”.

   Allah ha sellado la Revelación con el Islam, que es una vuelta a los orígenes del Dîn: “Quien desee como Dîn otra cosa que no sea el Islam, no le será aceptado y junto a Allah, tras la muerte, estará entre los arruinados”.

 

Definición de Islam

 

       

Islâm es Istislâm, es Rendición. El Dîn, la Vía del Islam, consiste en claudicar ante Allah, y desmoronarse ante la Inmensidad del Uno-Único, renunciado simultáneamente al culto a los ídolos, sean de tipo que sean. El Islam es rendirse por completo a la Verdad, llevar la frente al suelo, abandonarse sin reparos, ofrecerse… En realidad, ante el Absoluto -si se piensa bien- no cabe otra cosa, y por ello el Islam tiene un sentido profundo y un alcance enorme que ninguna traducción del término recoge de modo satisfactorio. Sólo la descripción de la actitud espiritual del musulmán, en su sencillez y plasticidad, es capaz de acercarnos a la poderosa intuición contenida en la palabra Islam, en toda su radicalidad, con toda su carga telúrica y primordial.

El musulmán realizando cinco veces al día el Salât, sobrecogido en medio de un momento en el que se asoma a lo indecible, ejecutando los movimientos estrictos de su rendición, nos da la imagen de la plenitud e intensidad del Islam. El musulmán no se presenta ante su Señor -la Verdad que lo gobierna, su Creador- con condiciones ni ideas preconcebidas sino más bien con la espontaneidad y la frescura de sus presentimientos. Simplemente, se aventura por espacios infinitos y para ello se viene abajo. Es nada en la Grandeza  y ofrece su vacío para empaparse en la desmesura. Ahí es donde saborea a Allah Verdadero, su Único Dueño. Y entonces se produce un encuentro entre autenticidades. Eso es el Islam en esencia.

El Islam es abrirse por completo a Allah, sin dar al Absoluto un modelo previo, sin forzarle a que adopte un modo, sin pretender que se adapte a nuestras expectativas. Es sumergirse en Él sin ‘imagen’, sin ídolo alguno, sin mitología, sin marcos conceptuales. Se trata de asumir el anhelo por lo eterno que hay en el corazón y convertir ese deseo en camino y desbrozarlo hasta sus últimas consecuencias. Es ahondar en el sentir y es bucear por las regiones recónditas y abismales de la emoción espiritual.

Para el musulmán, Allah no es algo ‘concreto’, no se trata de un ‘objeto’ ofrecido a sus reflexiones, no consiste en un ‘concepto’ desmenuzable. Es un desafío inmensurable vivido en los espacios eternos que alberga en su propio interior, en sus entrañas más íntimas, y que, además, reverbera en todo lo que existe, conjugando el ser en una única Realidad, manifestándosele en todos los horizontes. Así lo presiente, y se entrega sinceramente a sus exigencias. No acude con sus fantasmas, sino que los deja atrás, muy lejos, olvidados en el mundo de las quimeras, y  ante su Señor claudica, sin más, buscando compromisos en la raíz de la Verdad que lo hace ser en cada instante. No se presenta con armas, ni con herramientas, ni con adornos, ni se contenta con sucedáneos ni se escuda tras subterfugios. No quiere consuelos. Busca al Real, al Verdadero, al Absoluto, y para ello solo tiene un gesto supremo: doblegarse a Él.

Esa es la manera del musulmán de encarar la espiritualidad, y es la diferencia que confiere autenticidad y fuerza al Islam. Todos los actos del musulmán simbolizan y dan severidad a esa intención con la que ‘fluye’ acompañando a la existencia entera. Se deshace ante su Creador, se deja hacer y rehacer por su Señor, y siente en sí el transitar de esa fuerza eterna que estructura cada átomo del universo, y se sabe conformado en cada instante por el Trascendente. Y se deja, y retorna a sí iluminado por esa vivencia en la que ha sentido la existencia entera en la ingravidez de su propio ser, más acá y más allá de toda contingencia, incluyendo y excluyendo todos los espacios y todos los tiempos.

El musulmán no espera que Allah ‘sea’ de un modo determinado, ni aguarda que Él ‘actúe’ de un forma concreta ni que le complazca, ni cifra su ‘salvación’ en ninguna leyenda, ni se explica nada en función de una ‘teología’. El musulmán simplemente se adentra en Allah, se reconcilia con la Verdad Absoluta, hace las paces con lo eterno, se abandona a la Libertad que está en los cimientos de todo lo que es, se sumerge en la exuberancia. Sabe que necesita de Allah, se recoge y le pide… Sabe que depende de Él y que a Él está atado, y busca su sostén. Esa es su relación con el que le ha Creado, con su Señor presente, con el Pilar de su ser y su Destino.

Esta es la actitud espiritual del musulmán criado en la autenticidad del Islam de nuestras raíces. Y su actitud exterior es idéntica, y su cuerpo mismo refleja y complementa esa ‘tendencia’ hacia Allah, completándose debidamente el círculo de lo perfecto. Se ha dicho que el Islam, en su alcance exterior, es la rendición a lo que Allah ha ordenado y a lo que ha prohibido, cumpliendo con su orden y absteniéndose de lo que ha declarado harâm, tal como todo ello ha sido consignado con claridad en la Revelación. Ahí es donde está la fuerza, la resolución, la voluntad, el hacer. Sin esto, el musulmán sería un impostor. El Islam interior de quien no se atiene al Islam exterior es mera pose y pretensión frívola.

Normalmente, se usa la palabra Îmân para designar el Islam interior, el del poder de la intención, y se reserva el noble término Islâm para su formalización, para su conversión en acto decidido y firme, para su ‘aparición’ en el mundo. Desde este punto de vista, Îmân es la sumisión interior e Islam la exterior, la que se realiza con el cuerpo, la rendición que consiste en obedecer literalmente lo que ordena la Revelación y transitar hacia Allah tal como Él quiere, como eco de acontecimientos profundos. En el fondo, Îmân e Islam son sinónimos, mûmin y múslim son la misma persona, sólo el  uso que hemos señalado marca entre ellos una diferencia que únicamente sirve a la hora de intentar establecer un orden en lo que debe darse de forma simultánea.

Quien se rinde por completo ante Allah, con su ser, con su corazón, con su cuerpo, es musulmán (muslim) y sigue el Dîn al-Islâm, la Vía del Islam. Es mûmin, alguien abierto a su Señor Verdadero. Habiendo sido los profetas quienes de forma más perfecta han claudicado ante Allah, el Corán dice de cada uno de ellos que fue el ‘primero de los musulmanes’ y Allah le ordena proclamarlo… “Di: Mi Salât, mi rito, mi vida y mi muerte son para Allah, el Señor de los Mundos, al que nada asocio. Esto es lo que me ha  sido ordenado, y soy el primero en rendirse, el primero de los musulmanes” (al-A‘râf, 154). Sin sumisión a la orden de Allah, sin Obediencia estricta a la Revelación, no hay Islam, y se nos ha ordenado seguir el criterio del Profeta (s.a.s.) en todo: “No -por tu Señor-, no se han abierto verdaderamente a Allah hasta que no te hagan decidir en sus disputas, y tras tu decisión no encuentren en sí reparos contra tu juicio y se rindan por completo” (an-Nisâ, 65). Es así como el Îmân y el Islam crean un mundo y una Umma, una Nación… que surgen de su luz y que la proyectan.

El juicio de Allah lo conocemos a través de la Revelación comunicada por el Profeta Sincero y llegada a nosotros de modo fiable. Cuando estas condiciones se han dado -como es, sin duda, el caso en el Islam- al hombre de intuición espiritual no le queda más remedio que someterse a la confluencia de verdades que tiene lugar ante él. Es la Revelación la que le permite completar su ser y aunar su sentir a su acción. De ahí la importancia del Islam como Obediencia formal (Tâ‘a) a lo dictado por Allah en el Corán y, a través del Profeta (s.a.s.), en la Sunna. La falta de sinceridad en los gestos -falta de sinceridad a la que llamamos hipocresía (nifâq)- es de tal gravedad que se la considera peor que la ignorancia y la deslealtad, peor que el Kufr, la negación de Allah, la ingratitud suprema. En esto intuimos la importancia de la estructura externa del Islam: la gravedad de la falta que se comete contra ella es indicio de la relevancia de las prácticas (las ‘Ibâdas) como esqueleto que soporta y da solidez a la vivencia interior…

Quien ejecuta con seriedad y autenticidad las enseñanzas del Islam está en Paz (Salâm). He aquí otra serie de ideas que aclara el alcance y significación del Dîn, la Vía. Islam es Salâm en su esencia y conduce a la Paz. Es otra forma de ver lo dicho al principio. Hay una actitud original que se desborda y posibilita un universo en el que se realiza la reconciliación con lo más profundo, con lo Verdadero. La Obediencia del musulmán a Allah (la Tâ‘a) es resultado de su serenidad…

Todo esto, por descontado, nada tiene que ver como el modo en que los musulmanes criados por Occidente, o los ‘militantes del islamismo moderno’, viven en la actualidad el Islam, y que son, por demás, los más vociferantes. Nosotros hablamos de un Islam que cada vez es más difícil de encontrar porque no es exhibicionista. Es el Islam de nuestra gente sincera, el de los que son musulmanes, no el de ‘los que van de musulmanes’. Los verdaderos son, sin duda, inmensa mayoría, pero no rinden culto a la ‘imagen’ y pasan desapercibidos. Son los musulmanes de los barrios y de los pueblos, de los campos, los desiertos y las montañas, musulmanes auténticos, con una sensibilidad verdaderamente musulmana, pero que los ‘musulmanes educados por Occidente’, o los ‘musulmanes militantes’, o ‘los acomplejados’, desprecian e ignoran mientras acomodan el Islam a lo que debe ser una ‘religión moderna’ y una ‘religión de Estado’, degeneraciones en las que jamás podrá reconocerse el Islam de nuestras raíces…

El Islam no es, ni puede ser, una ‘ideología’. No es, ni puede ser, una ‘religión’. Precisamente, el Islam es la certeza con la que el musulmán vive la Libertad Absoluta de su Señor y se sumerge en Él. Para eso no hay sucedáneos, y sólo cabe la simple Rendición, el Islam en su esencia, en su sencillez donde hay poder, un poder transformador.

 

 

Definición de Dîn

 

 

        El Islam es el Dîn de todos los mensajeros (mursalîn) y de los profetas (nabíyin) enviados a la humanidad, desde Adán (Sidnâ Ádam, a.s.) hasta Sidnâ Muhammad (s.a.s.), el último de todos ellos y Sello de la Profecía (Játam an-Nubúwa). Es como si hubiéramos dicho que la Sumisión (Islâm) es la Vía (Dîn) por la que se nos ha enseñado que debemos encauzarnos hacia Allah, el Señor de los Mundos, la Verdad Absoluta. Éste es el sentido que tiene el célebre versículo coránico que dice ínna d-dîna ‘índa llâhi l-islâm, “Ciertamente, el Dîn -junto a Allah- es el Islam” (Âli ‘Imrân, 19), es decir, sólo se llega a Él claudicando, llevando la frente al suelo, sin ponerle condiciones, sin pretender limitarlo, sin amoldarlo a nada…

   ¿Qué significa realmente la palabra Dîn? El término árabe Dîn se suele traducir por ‘religión’, negándonos así la posibilidad de conocer su verdadero alcance. Cuando decimos que el Islam es una ‘religión’ falseamos por completo su significación y traicionamos su esencia, y reducimos el Islam a un pobre y mezquino exclusivismo que nada tiene que ver con él. El Islam es fundamentalmente amplio. Las ‘religiones’ son los negocios montados sobre la espiritualidad, pero no son la espiritualidad ni abarcan el sentido que tiene el hombre de lo trascendente -al contrario, lo distorsionan por completo-. No en balde es la Iglesia cristiana -la primera multinacional- la que ha creado este tecnicismo (que no se encuentra ni tan siquiera en la Biblia) para dar nombre a su monopolio. Las religiones, las teologías, las metafísicas, los mitos, las supercherías de todo tipo, son una adulteración, una desviación y un sucedáneo. Los hombres inventan y se aferran a las religiones por miedo al abismo que abre en ellos su intuición íntima de lo Infinito, de Allah Señor de los Mundos. El Islam es un retorno a lo verdadero, a lo original, encarando esos vértigos.

   El Islam es la Senda (el Dîn) por antonomasia, es lo que han enseñado todos los profetas, desde Adán el primero hasta el último de ellos, Sidnâ Muhammad (s.a.s.). Y Allah mismo se hace cargo de mantener este carácter del Islam: wa innâ lahû la-hâfizûn, “Nos lo protegemos” (al-Háÿar, 15),… Allah lo salvaguarda de toda corrupción. La idea de Senda o Vía para traducir Dîn también nos parece pobre, y por ello queremos insistir en las ideas y sugerencias básicas que subyacen en el término árabe. El Islam es pura autenticidad. Es ‘rendición’ a Allah, no a las ‘religiones’, es recuperar la inclinación del ser humano hacia su Señor, y es hacerlo con sentido de universalidad y de integralidad. Cada musulmán es heredero de todas las tradiciones, y es musulmán con todo su ser: esto es su Dîn, es decir, su manera de afrontar a su Señor. Según Sidnâ Muhammad (s.a.s.), el Dîn es Rendición (Islâm), Apertura (Îmân) y Excelencia (Ihsân), reuniendo estas tres palabras-clave todo lo que es y todo lo que hace el musulmán auténtico, el hombre que enfoca la Verdad Absoluta. Ser musulmán (múslim) es algo a lo que hay que aspirar, y era el deseo de todos los profetas. A nosotros, a los musulmanes, nos ha sido regalado como nombre aquello en lo que anhelaban convertirse los grandes de la humanidad…

   En las religiones hay ‘actos de fe’, en el Islam no. El Îmân (palabra fundamental que por desgracia se traduce por ‘fe’ en el falseamiento que ha habido en este siglo de lo que es el Islam) es una acto de valor, no de fe. El Îmân es mucho más grande que la ‘fe’, es la respuesta del ser humano entero a su intuición más profunda. El Îmân es pura sensibilidad espiritual, y no es ‘fe en misterios’, ni es ‘credulidad’, ni es ‘admisión de lo absurdo’, ni es ‘negación del sentido común’. La ‘fe’ es detenerse, el Îmân es ‘empezar’. La ‘fe’ es una enfermedad de la inteligencia y de la voluntad, el Îmân es un arma poderosa, y es la capacidad que tiene el corazón de afrontar el reto de Allah, de encarar el desafío contenido en las inmensidades que el ser humano presiente en lo más hondo de sí y de la existencia entera. Por todo esto, el Islam no es ni puede ser una ‘religión’. Es más bien una ruptura liberadora, además de ser una negación de las religiones y los sistemas. El Islam es autenticidad, es Dîn, es caminar sobre la espontaneidad del Îmân, y por ello el Corán dice lâ ikrâha fî d-dîn, “No hay imposición en el Dîn” (al-Báqara, 256), porque todo en él fluye con naturalidad. Esta cuestión ya ha sido ampliada en otros artículos aparecidos en Musulmanes Andaluces, donde fue relacionada con el concepto de Fitra, la primordialidad. Y en otro artículo se ha vinculado la idea a la imagen poderosa del Viaje Nocturno del Profeta (s.a.s.) y en el que se reconoce la dimensión cósmica que adquirió el Islam…

   Si juntamos lo que hemos dicho entenderemos la definición que hemos dado más arriba al principio de este artículo. El Islam es universalidad, es esencialidad, es autenticidad, es el Dîn de todos los profetas, de todos los anunciadores, de todos los iluminados, sin exclusiones. Es absoluta Sumisión, es Claudicación ante Allah, ante la Verdad, y ésta es una mentalidad opuesta a la religiosa, que se adueña de la Verdad, que busca poseerla y reducirla a sus esquemas y a prioris,… El Islam es Dîn, un Sendero, un Camino, sobre el Îmân, sobre el rigor y la seriedad de una sensibilidad espiritual que no admite ‘sustitutos’ de Allah ni se enfrasca en mitos ni leyendas, ni se detiene en sueños ni esperanzas. El Dîn del Islam es la senda de los que abren sus corazones ante Allah y transitan y avanzan hacia Él sumergiéndose en las implicaciones de eternidad implícitas en el Nombre Supremo (Allah).

   Y todo eso no lo inventó el Último de los Profetas, el Játam al-Anbiyâ Sidnâ Muhammad (s.a.s.), sino que él mismo reconoció que su misión era la de rescatar y restaurar esa espiritualidad antigua, telúrica, enraizada en lo humano y en el cosmos, y de ahí la insistencia en el carácter absoluto del Islam, su radicalidad. Él (s.a.s.) dijo: “Los profetas son hermanos hijos de diferentes madres, pero su Dîn es uno” (hadiz recogido por al-Bujâri y Muslim). El Islam es la superación de las religiones y la recuperación de lo primordial, es reencuentro con lo original y es punto de partida. Eso es el Islam, y eso es lo que implica el término Dîn al-Islâm, intraducible pero que hasta cierto nivel queda pergeñado en lo que hemos señalado.

   El Islam es el Dîn de la humanidad, la senda espiritual de todos los seres humanos, la adecuada a todos porque es innata en cada hombre. Los implica a todos ellos e implica todo lo que son y los integra en su principio básico que es el Tawhîd, el Proceso hacia la Unidad. El término ‘espiritual’ que hemos utilizado es una simple concesión a la inteligibilidad, y tenemos que matizarlo, pues puede ser tan falseador y funesto como el de ‘religión’. Con ‘espiritual’ nos referimos a un sentir hondo y transformador en las raíces del ser. Este sentir en el Islam no excluye nada, no desintegra nada, no distingue entre cuerpo y alma, entre espíritu y materia, entre lo sagrado y lo profano. Muy al contrario, la ‘espiritualidad’ debemos entenderla, dentro del Islam, como reconciliación, como la vivencia de la Unidad y Unicidad que gobiernan la existencia entera. No es un rechazo a nada, sino la integración de todo; y es, sobre todo, una poderosa aspiración, un anhelo que anida en lo más profundo de cada hombre, y de ahí que digamos que el Islam es el ‘espíritu de la humanidad’. Si lo entendemos así -si somos capaces de abarcar en nuestro entendimiento las implicaciones remotas de esa sensibilidad islámica-, podemos entonces seguir empleando el término. Pero si tenemos en mente su sentido cristiano y reduccionista, la palabra es tan pobre y abominable como la de ‘religión’.

   El Islam es recuperación y punto de partida, por ello recoge en sí todas las tradiciones anteriores, y el Corán lo subraya innumerables veces. El Corán dice que Noé dijo: “Se me ha ordenado ser de los musulmanes” (Yûnus, 72). Abraham e Ismael, según el Corán, dijeron: “¡Oh, Señor! Haznos ser musulmanes ante ti” (al-Báqara, 128). Y Jacob, poco antes de morir, dijo a sus hijos: “Allah ha elegido vuestro Dîn: no muráis sino siendo musulmanes” (al-Báqara, 132). Y Moisés dijo a su pueblo: “¡Confiad en Él, si realmente sois musulmanes!” (Yûnus, 84). Y el Corán dice de la Torah (los primeros libros del Antiguo Testamento): “Los profetas -que eran musulmanes- juzgaron de acuerdo a ella” (al-Mâida, 44). Y José invocó diciendo: “Hazme morir como musulmán y adhiéreme a los rectos” (Yûsuf, 101). Los hechiceros que el Faraón había reunido para vencer a Moisés dijeron cuando se sintieron derrotados por el profeta: “¡Señor, danos paciencia y haznos morir como musulmanes!” (al-A‘râf, 126). Y los apóstoles de Jesús (los hawâriyîn), según el Corán, dijeron al Mesías hijo de María: “Nos hemos abierto hacia Allah. ¡Sé testigo de que somos musulmanes!” (Al ‘Imrân, 52). Y la reina de Saba dijo: “Me rindo como musulmana junto a Salomón ante Allah, el Señor de los Mundos” (an-Naml, 44). El hombre justo dijo en el Corán: “Cuida de mi descendencia. Hacia Ti me vuelvo y soy de los musulmanes” (al-Ahqâf, 15).

   A pesar de todo lo dicho, el Islam no se suma a ninguna moda ecuménica ni aboga por ningún tipo de sincretismo. El Islam tiene en sus raíces esas inmensidades en las que el musulmán tiene la oportunidad de resonar con todos los profetas de la humanidad, y no necesita elaborar ningún discurso hipócrita con el que ganar puntos en este mundo de lenguajes políticamente correctos y espiritualidades suavonas. El Islam siempre ha sido un espacio amplio, un lugar de encuentro fecundo entre gente profunda, y así seguirá siéndolo a pesar de todo, y lo será en la naturalidad de las esencias no en los montajes laberínticos que quiera imponernos nadie en aras de un ‘encuentro’ artificial e interesado entre culturas. La universalidad del Islam no es oportunismo sino una de sus dimensiones, consustancial con su percepción de la existencia como manifestación del Uno-Único.

   Por ello, conscientes de las diferencias, hablamos de un plural para la palabra Dîn que es Adyân. El Corán habla del Dîn an-Nasârà, el Dîn de los Cristianos o el Dîn al-Yahûd, el Dîn de los Judíos, etcétera. Tampoco en estos casos debemos traducir la palabra Dîn por religión pues es poco probable que los musulmanes de los tiempos de la Revelación del Corán tuvieran idea de un concepto tan ‘elaborado’ como el de ‘religión’. Dîn significaba para ellos algo vago como  ‘espiritualidad’, ‘Ley Revelada’, ‘cultura de un pueblo’, una ‘cultura’ que no se distinguía de su sentido de la trascendencia. El Dîn es la forma que tiene cada nación de encarar lo más profundo y de reconocerse en torno a ese sentir, y que fácilmente degenera en la creación de instituciones y jerarquías, y es entonces cuando cada Dîn adquiere sus propias características. El Dîn por antonomasia es el Islam (o el Dîn al-Islâm cuando se quiere evitar confusiones), porque recupera la Fitra, lo auténtico…

 

 

 

Definición de Îmân

 

       

        Lamentablemente, la palabra árabe Îmân, fundamental en el Islam, suele ser traducida por ‘fe’, ‘creencia’. Según esto, los musulmanes ‘tenemos fe’ en Allah, ‘creemos’ en el Profeta, etc. Pero las palabras no son inocentes ni asépticas; tienen su historia y un cúmulo de connotaciones que las hacen o no adecuadas para expresar ideas determinadas. Consideramos que la traducción por ‘fe’ o ‘creencia’ falsea y traiciona completamente la idea que subyace en Îmân. Es más, estamos seguros de que nos impide la posibilidad de entender lo que significa en realidad, nos desvía y, finalmente, esa traducción nos lleva a ideas opuestas radicalmente al Islam.

   La ‘fe’, en su significación más genuina, es simplemente la afirmación de que lo ‘absurdo’, lo ‘inaceptable’, es ‘real’ y ‘admisible’, como decir que tres y uno son lo mismo, o que Dios -lo Infinito y Absoluto- encarnó en un hombre -finito y transitorio-, o que se instala en una ostia, o que Dios necesita un representante, la Iglesia. Hay que tener ‘fe’ para tragarse eso, de ahí que la ‘fe’ y la ‘razón’ sean irreconciliables.

   La teólogos cristianos, muy hábilmente, han camuflado ese sentido original de la palabra ‘fe’ recubriéndola con otros, más nobles y atractivos, y  ‘tener fe’ se ha convertido también en sinónimo de ‘confiar’, ‘tener esperanza’, con lo que sus enemigos (los ateos, los agnósticos, los racionalistas) pasan a ser personas de ‘corazón duro’. Esta sutil treta no pretende sino confundir e identificar creyente con buena persona, confiada y con esperanzas. No hay más que fijarse en el notable giro en la estrategia de la Iglesia que, en su apostolado, ha dejado de insistir en los dogmas (inadmisibles para quien piense un mínimo) para predicar la bondad, la caridad y otros valores que muy pocos se atreverían a discutir. El cristianismo quiere hacer de los ‘buenos sentimientos’ su monopolio. Dios es cada vez menos ‘trino’ para ser cada vez más ‘amor’ y ‘camarada’ en el que hay que ‘confiar’. Los no-cristianos casi hemos dejado de ser infieles para pasar a ser casi terroristas bárbaros, porque el cristianismo es definido, no ya como la Verdad, sino como el Bien.

   Si los cristianos se detuvieran un momento a reflexionar se darían cuenta de que, en realidad, no se les está invitando a confiar en Dios -del que no saben nada- sino a ‘tener fe’ en la Iglesia y cerrar los ojos ante sus fraudes y maquinaciones. Se les está engañando y manipulando, como siempre, para mantener incólume el edificio de una institución siniestra. Quienes rechazan esa estratagema se hacen ateos o, bien, una vez se ha descubierto que el monte es orégano, todos tienen derecho a decir majaderías sobre Dios, e inventar sus propias Iglesias y religiones, ‘y tonto el último’.

   Ningún musulmán entiende que el Îmân sea considerar ‘real’ lo ‘absurdo’ ni acepta que lo contrario al sentido común sea sensatez, del mismo modo que en el zoco no aceptaría que le dieran una moneda a cambio de tres iguales. El musulmán no se deja estafar. Sólo la dejadez y la comodidad nos hacen seguir utilizando una traducción tan aberrante. El Îmân puede explicarse aproximadamente diciendo que es la ‘capacidad’ del corazón y su ‘actividad’: es su carácter abismal, sus honduras, y es sensibilidad, su esponjosidad ante lo que le viene de Allah, su Señor Verdadero. Y, además, ese latido se expande externamente, se desborda y crea un mundo reunificado en la percepción del Uno. No es la aceptación de una locura, sino nuestro saboreo de lo Infinito y nuestra integración en lo Eterno.

   Sólo así comprenderemos lo que significa que en árabe se diga que el Îmân es ‘con Allah’ (billâh, donde la partícula bi- significa ‘con’). No es ‘fe en’ Allah, sino ‘fluir con’ el Único Real, no cuestionado porque es el Puro Poder del que el universo entero es testigo con su simple ser. El musulmán expande su Îmân ‘con Allah’, ‘con sus ángeles’, ‘con los Libros Revelados’, ‘con los Profetas’, ‘con la expectativa de la Resurrección’, ‘con el Destino para bien o para mal’, tal como lo expresó Rasûlullâh (s.a.s.): al-îmânu an tûmina billâhi wa malâikatihi wa kútubihi wa ráusulihi wa bil-yáumi l-âjiri wa bil-qádari jáirihi wa shárrih. No hay nada más alejado que eso de la ‘fe’ o la ‘creencia’, simples actos mentales de aceptación crédula que no tienen mayor trascendencia.

   Pero, ¿no es cierto que los musulmanes ‘creemos’ en Allah?, ¿es que no ‘creemos’ en el Profeta’… Para empezar, Allah no es un absurdo. La humanidad entera lo intuye, lo presiente, y explica la existencia como resultado de un Poder Absoluto origen de todas las cosas. Los musulmanes sabemos que ese Poder, para haber creado, tiene que ser radicalmente distinto de lo creado, es impensable porque carece de límites, y es inabarcable porque escapa a todas las medidas. Se trata de algo ‘lógico’ y no violenta para nada la ‘razón’, no es contrario a lo ‘deducible’ por medios naturales, no va más allá de lo que somos capaces de asumir sin negar nuestro sentido común. Podemos escabullirnos, darle la espalda a ese presentimiento, vivir como si tal cosa, como si no tuviera importancia, pero Allah no deja de inquietarnos en nuestras profundidades. Los musulmanes aceptamos el reto y orientamos nuestras vidas en esa dirección, en la de lo Único real, lo Hacedor, sin convertirlo en un galimatías.

   En cuanto al Profeta, no lo aceptamos como tal sin más. Él ha dejado entre nosotros sus ‘títulos de Profeta’ y las garantías de su sinceridad: el Corán y la Sunna. Hemos constatado que nos han llegado fielmente, y son signos que ‘nos han robado el corazón’, ‘nos han cautivado’ y no podemos negarlo, y eso es nuestro Îmân en lo referente a Sidnâ Muhammad (s.a.s.). Nos hemos rendido a su argumento. El Profeta no es un desconocido de quien se nos ha dicho que tenemos que ‘creer’ en él porque hiciera milagros. Está absolutamente presente y su ‘milagro’ no deja de sorprendernos y turbarnos. Por otro lado, su enseñanza no va contra lo que podemos admitir e, incluso, verificar intensificando nuestra espiritualidad, como han hecho tantísimos musulmanes. En realidad, el Profeta es quien ha dado palabras a nuestros presentimientos, y por esa consonancia nos hemos abierto a él y lo hemos hecho nuestro maestro.

   Por ello, el Islam no conoce ‘los problemas existenciales’ propios de los occidentales. Los musulmanes no comprenden ‘las crisis de fe’ ni ‘los conflictos espirituales’ de los cristianos. Son impensables o patéticos para alguien que se haya criado en el Islam. Sólo quienes han tenido contacto con Occidente repiten entre nosotros esas ‘poses’ con las que muchas veces sus protagonistas no pretenden más que rodearse de una aureola de bohemia, intelectualidad o modernidad.

   El Islam va a la raíz de las cosas. Es mucho más telúrico de lo que podemos imaginar. El Islam coincide y se confunde con el pulso de la vida y de la espiritualidad. No es un simulacro, sino pura esencia. Ser musulmán es vibrar con eso, de lo contrario sólo estamos fingiendo ‘ser musulmanes’. No debemos esperar que el Islam resuelva nuestras dudas, apacigüe nuestros conflictos o nos haga superar ‘crisis de fe’: todo eso hay que dejarlo atrás, abandonarlo sin más donde debieran quedar todas nuestras tonterías. Sólo así podremos activar en nosotros el Îmân que nos expansione con la Verdad que gobierna los cielos y la tierra. Sólo así podremos afrontar el Gran Reto y encontrar a nuestro Único Señor.

 

LOS NOVENTA Y NUEVE ATRIBUTOS DE ALLAH

 

01 ar-Rahmân  (el Creador de toda existencia)

02 ar-Rahîm   (el sostenedor de la existencia)

03 al-Málik    (el Rey al que todo está sometido y a nada se somete)

04 al-Quddûs (el Inefable, el Irrepresentable),

05 as-Salâm    (el que es Paz en sí y proporciona seguridad)

06 al-Mûmin (el que propicia el Imán, el que abre las criaturas hacia Él)

07 al-Muháimin   (el que prevalece en todas las cosas)

08 al-´Açîç      (el Poderoso y es inaccesible en sí)

09 al-Yabbâr  (el Avasallador, el Dominador)

10 al-Mutakábbir    (el Arrogante, el Soberbio en su grandeza)

11 al-Jâliq      (el Creador, el Existenciador)

12 al-Bâri       (el Iniciador de todas las cosas)

13 al-Musáwwir   (el Creador de Imágenes, Modelador, el Dador de formas)    

14 al-Ghaffâr (el Tolerante, que recubre con un velo las torpezas )

15 al-Qahhâr (el Reductor, el Aniquilador)

16 al-Wahhâb          (el Dador)

17 ar-Raççâq (el Proveedor, el que sostiene a las criaturas y las nutre)

18 al-Fattâh    (el que abre, el que da la victoria y deshace las dificultades)

19 al-´Alîm     (el Conocedor)

20 al-Qâbid    (el que constriñe, el que aprieta, el que agobia)

21 al-Bâsit      (el expandidor, el que alegra y proporciona regocijo)

22 al-Jâfid      (el que hunde, dl Degradador)

23 ar-Râfi´     (el que eleva a las criaturas)

24 al-Mu´içç   (el ennoblecedor)

25 al-Mudzill  (el Envilecedor, el que humilla)

26 as-Samî´    (el que oye) 

27 al-Basîr      (el que ve)

28 al-kam  (el Árbitro, el Mediador)

29 al-´Adl       (el Justo)

30 al-Latîf      (el Sutil)

31 al-Jabîr      (el Bien Informado)

32 al-Halîm    (el Dulce)

33 al-´Azîm    (el inmenso)

34 al-Ghafûr  (el Tolerante, el Disculpador)

35 ash-Shakûr                   (el agradecido)

36 al-´Alíy      (el Elevado, el Trascendente)

37 al-Kabîr     (el Grande)

38 al-Hafîz     (el Protector)

39 al-Muqît    (el Nutriente)

40 al-Hasîb     (el que lleva la cuenta de las cosas)

41 al-Yalîl      (el Majestuoso)

42 al-Karîm    (el Generoso, el Noble)

43 ar-Raqîb    (el Vigilante)

44 al-Muÿîb   (el que responde a las criaturas)

45 al-Wâsi´     (el Amplio)

46 al-Hakîm   (el Sabio)

47 al-Wadûd  (el que ama con fidelidad, el amante tierno)

48 al-Maÿîd    (el Glorioso)

49 al-Bâ´iz     (el que despierta a los muertos, el que gobierna la vida)

50 ash-Shahîd (el Testimoniador)

51 al-Haqq     (la Verdad)

52 al-Wakîl    (el Valedor, aquél en quien se deposita confianza)

53 al-Qawí      (el Fuerte)

54 al-Matîn    (el Sólido)

55 al-Walí      (el Aliado, el Íntimo)

56 al-Hamîd   (el Elogiado)

57 al-Múhsî    (el que abarca todas las cosas)

58 al-Múbdi   (el Principiador)

59 al-Mu´îd    (el Recreador)

60 al-Múhyi   (el Revivificante)

61 al-Mumît   (el que da la muerte)

62 al-Háyy     (el Viviente)

63 al-Qayyûm (el Subsistente)

64 al-Wâÿid    (el Autoexistente, la Emoción)

65 al-Mâýid    (el Ilustre, el Reconocido por todas las criaturas)

66 al-Wâhid   (el Uno)

67 al-Ahad     (el Único)

68 as-Sámad   (el Indivisible, el Resistente al que nada afecta)

69 al-Qâdir     (el Poderoso, el Capacitador)

70 al-Múqtadir (el Determinador)

71 al-Muqáddim (el Anteponedor)

72 al-Muájjir  (el Posponedor)

73 al-Awwal   (el Primero)

74 al-Âjir       (el Último)

75 az-Zâhir     (el Manifiesto, el Evidente)

76 al-Bâtin     (el Oculto, el Inmanifiesto)

77 al-Wâlî      (el Rector, el Orientador)

78 al-Muta´âli            (el Enaltecido)

79 al-Bárr       (el Benéfico)

80 at-Tawwâb   (el Vuelto hacia las criaturas)

81 al-Múntaqim (el Vengador, el Violento)

82 al-´Afúw    (el Condescendiente)

83 ar-Raûf      (el Benévolo)

84 al-Mâlik al-mulk (Soberano del mundo fÍsico)

85 dzû al-ÿalâli wa al-ikrâm  (Soberano de la Nobleza y Majestad)

86 al-Múqsit   (el Equitativo)

87 al-Yâmi´    (el Reunidor, el Integrador)

88 al-Ghaní    (el Rico, el Exuberante y lo posee todo)

89 al-Múghni (el que enriquece y basta a sus criaturas)

90 al-Mâni´    (el que impide, el que arrebata)

91 ad-Dârr     (el Dañino)

92 an-Nâfi´     (el Útil)

93 an-Nûr       (la Luz)

94 al-Hâdî      (el Guía)

95 al-Badî´     (el Innovador)

96 al-Bâqî      (el Permanente, el Eterno)

97 al-Wâriz    (el Heredero)

98 ar-Rashîd  (el Encaminador)

99 as-Sabûr    (el Paciente)